martes, 11 de diciembre de 2007

Encuentro en otro mundo


Irrumpo, caigo al reino encantado de Hypnos. Me sumerjo en sus espantables aguas y me emborracho de su realidad.

Me encuentro en un edificio, frente al cerro embrujado, al cerro Santa Lucía y sus esculturas invisibles. Me acompaña G.R. y ansiamos visitar a un escritor a quién he admirado mucho por el sentido que proyecta de la mágica metrópolis en su cosmovisión, de cuyo interior sólo podrá emerger la transfiguración que nos haga ver lo que el paisaje, la tierra nos comunica en su desmedida tragedia. En ese sentido, Miguel Serrano para mí es un intérprete que explora, conoce y siente esta Búsqueda.

Hijo de una generación abatida por aquella desesperanza que se enraíza en la noche geográfica, llegó a mi conocimiento hace mucho por un libro que me impregnó de una sensación especial. “Ni por Mar ni por Tierra” es el nombre de aquella obra en que refiere lo acaecido en las calles de Santiago, por allá en los años 30, en donde él y su amigo, Héctor Barreto, recorrían los llanos callejeros, seguidos de fantasmas que envolvían su juventud de una magia que los impulsaba, peregrinos solitarios por las brillantes líneas de tranvía, hacia lo desconocido, hacía la frontera en que terminan todas las calles del mundo y comienza la Ciudad de los Césares.

¿Dónde lo conocí? El último y también el primer momento en que estuvimos juntos en la tosca realidad fue hace unos dos años, en una conferencia que él realizó en una de esos viejos edificios de Santiago. Ahí estaba sentado yo en primera fila y él estaba solo, en la mesa de entrevistados, mirándome y con una sonrisa, justo frente a mí. Yo también le sonreí y lo miraba a los ojos, como si nos hubiéramos conocido antes, o como si desde nosotros dos, otros que no éramos nosotros se conocieran y se reencontraran en ese momento corto, tan breve, después de mucho tiempo.

De nuevo en el reino de Hypnos. Allí estábamos con G.R. Decidimos subir por las escaleras, hasta llegar a una puerta que quedaba al fondo de un pasillo de color tostado cálido, para finalmente detenerme en ascuas, escuchando una conversación al otro lado de la puerta número 31, en donde creía reconocer su voz discutiendo con una mujer. Sabíamos que esa mujer no nos dejaría entrar a hablar con el escritor, a concretar el encuentro. Decidimos esperar y retroceder unos metros, otra vez a la escalera por la que venía en ese momento subiendo C.V., a quien quisimos, como a la mujer, también esquivar por una razón incierta. Esperamos entonces que no hubiera alguien allí y entramos, o mejor dicho, entré, ya que mi amiga luego no estaba conmigo.

Allí me encontraba. Sólo yo y Serrano en su casa. Desde hacía mucho quería contarle mi experiencia en torno a las lecturas y trabajos que había escrito sobre su generación.

Los dos estamos sentados frente a un computador y yo, sin poder decirle mucho producto de mi ansiedad, le farfullaba con algo de esfuerzo lo que había descubierto sobre Héctor Barreto: había encontrado al asesino. Había hecho una investigación de las fuentes de prensa y hallado algo que él mismo había escrito hacía ya muchos años en un periódico del Frente Popular.

Serrano me observaba y juntos mirábamos el monitor de un PC que estaba sobre una mesa, equipo que no funcionaba muy bien, impidiéndome mostrarle los archivos que tenía. Él sonreía con tranquilidad y me decía que me relajara, ya que el responsable de que el computador no funcionara era él, era su presencia que intervenía con la “magia negra” de la electricidad. Yo lo miraba y él seguía sonriendo, apacible. Entonces yo estreché su mano, tocando sus dedos grandes y acogedores, como de piedras blandas descansando sobre su chalina color musgo verde. Luego me preguntó si yo era un escritor y yo le decía que no, o que no lo sabía, o que quizás no escribía tan bien como quería hacerlo. Entonces, mirándome dijo: No eres buen escritor entonces. Yo defendiéndome le respondí un poco tímido: O sea, igual escribo algunas cosas…

Serrano me miró y con ojos perdidos en el adentro de su rostro me confidenció algo: No te preocupes. Yo tampoco escribo tan bien como antes. Ahora son ustedes los encargados de escribir.

Y acontece lo increíble: su mirada, sus ojos se convierten en dos carbones ardiendo que flotan en la oscuridad de un lago en el que vagas visiones atraviesan, desde un cielo blanquecino, infinito…

Veo también a R.V.E sentado sobre un sillón. En la cara lleva unas cicatrices al rojo vivo, quizás hechas con algún cuchillo. Pero los cortes no son azarosos: son runas. Y allí comencé a experimentar cierta sensación de horror, al comprender que quizás esas heridas-runas hubieran sido hechas en un peligroso combate de espadas o cuchillos, o como aquellos combates en que algunos nobles teutones sufren tajos a florete en pleno rostro…

Y recuerdo lo que Barreto señaló en las inmensidades de la noche del Santiago fantasmal: “Tú sabes… las ciudades… las calles…cantan…

Antigua vida, tradiciones y leyendas, gestos casi olvidados de la mágica metrópolis, perdidas otra vez, para siempre.

1 comentario:

André Alfonso dijo...

Me parece impecable el estilo de la narración. Muy parejo y absorvente.